Confesiones de un adicto

¡Bastardos bastoncillos! No van a dirigir la batuta de lo que quiero oír. Por más que me susurren dulcemente al oído. Por más que me lo quiera vender un simpático señor de bigotillos.

Basta, en serio. No me van a calentar la oreja. No van a taladrarme con suspiros.

Esgrimiendo contra una espada de suave filo y punta sedosa, procuro anteponer mi sanidad auditiva. A menos que quiera terminar en una granja de rehabilitación.

La satisfacción inmediata es tentadora, un peligro entre algodones, un arma de dobles filos aparentemente inofensivos.

 

— ¿Estás hablando del faso, Lisandro?

— No, de los cotonetes.

 

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